sábado, 3 de noviembre de 2018

CIELO DE BARRO (ESTAMPA NAPOLITANA)

Estaba lloviendo sobre Nápoles,
y veníamos de hablar
de asuntos, cosas,
que no vienen al caso.
Si es cierto lo que afirma
Pessoa, aquello suyo
tan controvertido
acerca del poeta
como fingidor, yo,
que fui un niño de los años
ochenta
aficionado a los deportes,
llevo esta afirmación
a mi terreno diciendo
que el poeta es como el jugador
que esconde tras
las medias las heridas,
las lesiones, para poder disputar
la gran final, que es el poema.
Llovía absurdamente sobre Nápoles,
y un hombre, una mujer,
recorrían las calles, sorteaban
los charcos cogidos de la mano.
El cielo era de barro, las viejas
avenidas eran agua y eran piedra,
almacenes de saldos, sastrerías
antiguas, 
joyerías y teatros cerrados.
Una estatua de Dante
presidía la plaza
donde el frío y el mármol
daban sonoridad y luz
a su perfil de pájaro.
Un hombre, una mujer,
protegidos por un solo paraguas,
ven llover sobre la estatua blanca,
sobre los toldos inundados,
sobre los negros tejados de las casas.
La tarde ha arrastrado
hacia la playa tablas podridas
y algas remotas, el cielo
se entreabre, ha parado de llover.
Un hombre, una mujer,
cruzan abrazados por debajo
de los arcos
recitándose versos
y cantando canciones.
El vino, áspero y fresco,
convierte la noche que ha llegado
                       en un lugar amable.



Nápoles, Piazza Dante


sábado, 27 de octubre de 2018

VARIACIONES SOBRE UN DÍA DE LLUVIA

Esta noche he soñado con mi padre.
Afirma Eliot, en algún lugar de sus cuartetos, que conforme uno vive, la trama de vivos y muertos se hace más compleja. Y nosotros, que le damos la razón en casi todo, estamos de acuerdo.

Ha sido al final de la noche, cerca del alba: desde una especie de pasarela, muy cerca del agua, observábamos pasar barcos gigantescos, despertando un "oh" de júbilo y admiración entre los asistentes.
Aprovechando un descuido, me he colado por una especie de breve túnel y he descendido a un barco hundido, pero lleno de claridad, con esa sensación de quien regresa a casa. Esperaba encontrar allí a mi madre, pero, en una oficina colmada de transparente agua, estaba él, revolviendo papeles (que estaban secos, paradojas del sueño), un poco despeinado, su rostro manifestando una mezcla de suave reproche, como si llegara tarde, y alegría por haber llegado.

Después, he despertado, he preparado café y me he puesto a escribir. Al cabo de dar vueltas alrededor de las palabras, se ha puesto a llover y he pensado en Ulises.
Para mí, Ulises, otra paradoja dado lo solar de su procedencia, viene relacionado desde siempre con la lluvia.
Había una pequeña biblioteca pública en la calle Horta por donde pasaba cuando bajaba del colegio. Una mañana de lluvia, oscura y lóbrega, me hice con un ejemplar de la obra de M. I. Finley sobre el mundo de Ulises.
Su sabrosa y geográfica descripción sirvió de alimento durante mucho tiempo a mi desnutrida y sobreexcitada adolescencia.
Se da el caso de que tardé aproximadamente veinte años, los mismos que tarda Odiseo en regresar a casa, en devolver el libro traspapelado a sus dueños, ante la socarrona sonrisa de los bibliotecarios.

Siempre que llueve, me acuerdo de Ulises, de mi padre, del libro de Finley y también de la antología en Austral de Rubén Darío, cuyo "Coloquio de los Centauros" me voló literalmente la cabeza por aquella época, y que asimismo tomaba en préstamo en aquella pequeña y desaparecida biblioteca.

Al fin y al cabo, me da por pensar que en las mañanas de lluvia Penélope, en algún lugar de la memoria, se entretiene en deshacer el relato que configura nuestras vidas y nos invita a regresar al lugar donde siempre es posible volverlo a comenzar.






sábado, 20 de octubre de 2018

LA USURA DEL CANTO

Poner palabras sobre el papel en blanco,
asistir, en silencio, a la nevada negra de la tinta.
Afuera un pájaro martillea
la luz, y adentro, otro, tan parecido
a mí, trenza con cada signo
un nido momentáneo,
dando calor, color, usura y canto
al poema que le vamos construyendo.
Los poemas comienzan
con pequeñas anécdotas
que serían ridículas
si otros las supieran. Forman
parte de esta vida nuestra
despedazada y tierna.
Pero las gotas que caen sobre el papel
anuncian la tormenta. Entonces
las cosas, los recuerdos,
las palabras van colocándose
en el lugar que deben ocupar,
como los viejos criados holgazanes
que reciben por sorpresa
la visita del amo que los paga y alimenta.
Ese amo silencioso, que cruza
fantasmal las salas del invierno
rozando apenas las fibras,
los tapices, lo habéis adivinado,
es el poema.
Una vez ido, los pájaros
recomienzan su canto, el sol
vuelve a brillar,
y los criados vuelven
a su juerga.
Nosotros apagamos la lámpara
y cerramos el cuaderno
con esa vaga satisfacción del deber
cumplido.
Afuera amanece.
                    Parece que ha llovido.


Jean-Léon Gérôme, "Luis XVI y Molière", 1863.



martes, 16 de octubre de 2018

LA CALLE DE LA CERA

A la memoria de Manuel Vázquez Montalbán

La Calle de la Cera.
El aluvión suburbial, la materia absorbente de esas piedras; la disolución ineficaz de los símbolos, la mescolanza de vencedores y vencidos.
Grumos de sal: por esas calles pasea todavía el fantasma autóctono de... ¿puede ser autóctono un fantasma?
Calles del Aragón, de Murcia, de Castilla-La Mancha, de la Galicia más elemental y dedicada al oficio del manjar.
Prostíbulos que brindan un efímero consuelo a los derrotados. Salir adelante alquilando la piel, ese espasmo que resonará en la cabeza y el corazón de los hijos, de los nietos...
Cordelerías, vísceras, objetos de uso e intercambio sin que la ley precisa de la oferta y la demanda pueda establecer, instituir su norma: porque hablamos de la ternura, y de su mensajero más voluble, que es el viento.
El silencio acecha cuando el futuro es ya pasado y nada puede restituir su largo eco.

De cuando la información oficial, de uno u otro signo, se convierte en propaganda, aunque sea pretendidamente cultural.


CIUDAD
En la deriva vespertina, convergían
oscuros cuerpos como fardos
(la cobarde noche del franquismo
iba a ser larga), inundando meublés
y cuartos alquilados.
Todo se compraba y se vendía,
y a contraluz del áspero tergal
del estraperlo, manaba
sangre negra de las ingles
de aquella gangrenada Barcelona,
más vieja y más sabia, sin embargo,
que el mar y que el amor.
                                                
                                                   X. R. R.





Manuel Vázquez Montalbán





domingo, 24 de junio de 2018

ROUSSEAU, MI VIEJO AMIGO

Siempre llamó mi atención la importancia que han tenido para la filosofía pensadores, escritores cuyos libros transitan por esa lábil frontera donde la perplejidad no sienta doctrina ni los hallazgos de la interioridad se erigen en sistema.
Obras rezumantes de un yo que es contemplado mientras despliega los ecos de lo que alguna vez fueron instantes, percepciones, vivencias, unificadas por el fino alambre de la escritura hasta constituir una unidad de sentido, el testimonio de una existencia.

Varios son los autores y los libros que forman parte de esta especie de "liga de la interioridad", a la cual Occidente debe buena parte de sus luces y sus sombras.
San Agustín, Montaigne, Rousseau, Kierkegaard, Nietzsche socavan buena parte de los fundamentos heredados y despejan el terreno para que otros puedan hincar de nuevo los pilares que un mundo siempre en marcha no tardará en dejar atrás.
De un modo más o menos teatral, escenificado, aunque sea a la luz de la vela, la bujía o la lámpara, porque es sabido desde siempre que no hay escritura sin un público, ni confesión que no busque el aplauso, aunque sea el de las sombras.
La experiencia psicoanalítica demuestra que no es tanto la verdad lo que salva, sino el romper a hablar, la puesta en marcha de la cadena infinita de los significantes que se anudan, de las palabras que se entrelazan unas a otras mientras suena el rumor oscuro del lenguaje, de los pétalos de una rosa invisible que se abre al escribir o al hablar.
Ese "pasado en claro", en palabras de Octavio Paz, la construcción de ese espacio en el que las palabras se buscan, como provistas de una especie de imán, para levantar ese edificio siempre provisional que llamamos relato de una vida.

A menudo me pregunto qué va a pasar con los cuadernos que vengo escribiendo con más o menos dedicación y empeño desde hace algunos años. Páginas y más páginas muchas de ellas manchadas por el café o la nicotina, desesperadas o felices, desgarradas o tersas como la piel de un niño.
De ahí han brotado buena parte de mis poemas, cuando la búsqueda incesante de un lugar, a través de las palabras, va a dar en un claro del bosque y quien escribe se convierte, como decía Heidegger, en "pastor del lenguaje", y de repente es Heine, desde su exilio, o Dante, desde una plaza porticada, quienes se manifiestan, con agradable estupor, a través uno mismo.
O aquel adolescente que creía que efectivamente había dioses que poblaban el mundo, dispuestos a sernos propicios y a ayudarnos, y que todo ese incipiente desconcierto entrañaba un sentido y convergía hacia esa especie de cúpula azul, de perla perfecta denominada existencia...

Después el mundo, como un viejo y poderoso león que se sacude las moscas, va domesticando muchas de nuestras impertinencias y nos va colocando en nuestro lugar, aunque tengamos el bello y precario privilegio de decir la última palabra.





lunes, 7 de mayo de 2018

MIGUEL ÁNGEL ESTEBAN, "EL FIN DEL BIENESTAR"

Fue en el trasncurso de la campaña a las presidenciales de 1992, cuando el asesor de campaña de Bill Clinton, James Carville, acuñó la célebre frase: "Es la economía, estúpido".

Parafraseándolo, podríamos resumir la estrategia y la intención de los relatos que integran "El fin del bienestar" diciendo: "son los hechos, estúpido".

Comenta el autor, no sabemos si haciendo uso de cierto malditismo, que sus relatos no nacen de la literatura, sino de la observación, de la experiencia.
No hay adornos innecesarios, prolijidad expositiva, zonas muertas en los mismos. Todo converge en ellos hacia la puesta en evidencia de las contradicciones que aquejan e impulsan a los personajes, los paralizan y los hacen desesperadamente avanzar hasta que caen: bailarinas giróvagas en la caja de música, o aquellos raros momentos de gloria en que el gato de Tom y Jerry se divierte atrapando con una uña la cola del ratón, que no puede escapar.

Aunque cabría decir que la literatura, en sus manifestaciones, lo es todo: también la elipsis y la grasa eliminada para que el tendón y el músculo del relato, la conclusión, el sentimiento básico que nos trata de transmitir, resalten más.
En esto fueron maestros Hemingway y otros cuentistas norteamericanos cuya impronta es indudable en el libro.

Si hay una hora fascinante en las ciudades es aquella en que, de noche, se encienden las primeras luces en los edificios. Cada rectángulo naranja, cada persiana que filtra la luz, esconde un drama, cómico o amargo, alcohólico o abstemio, monótono o sublime.
El ojo se habitúa a registrar imperceptibles cambios de escenario o personajes para tratar de hallar la clave de lo que pasa más allá de la cuarta pared.

Del mismo modo, hay literaturas eróticas o pornográficas: las hay que necesitan del desarrollo demorado de la historia, de los antecedentes, del pasado de los personajes para poner cachondos a los lectorres, y otras que comienzan con los personajes, a menudo a través del diálogo, quitándose la ropa, despojándose de todo aquello que la civilización recubrió con bárbara indolencia.

Si en los relatos son los hechos, la acción, los que deben hablar, estos relatos hablan. Si de lo que se trata es de helar la sonrisa del lector ante el espejo de sus propias miserias y contradicciones, estos relatos lo hacen.
Si lo que quieren es pasar un rato agradable de lectura sin que el autor les golpee en pleno rostro y crispe la sintonía del hilo musical, entonces no lean este libro.

Como decía el poeta Joaquín María Bartrina, "Si quieres ser feliz, como me dices, / no analices, muchacho, no analices".






Miguel Ángel Esteban, "El fin del bienestar".
Epílogo de Igor Goienetxea Abascal.
Témenos edicions, col. último vagón, 2018.

domingo, 4 de marzo de 2018

EL POETA IMPECABLE: PAUL ÉLUARD

Si hay un poeta frente al cual pueda pensarse que es posible decirlo "todo", ése es Paul Éluard.
Elegante, sutil, refinado, elusivo, parece conocer los secretos pasadizos, estar en posesión de las claves para adentrarse en ese laberinto donde mora el inconsciente, el "monstruo rubio", que diría Cernuda, y que en amplio sentido convenimos en llamar Amor.

Nunca con estridencias, siempre con eficacia, a menudo con ese ágil giro de pies que no necesita de la rotundidad para derrotar al minotauro del deseo y llevárselo de paseo por la ciudad con un lazo de seda al cuello.

Por la ciudad, porque Éluard es un poeta eminentemente metropolitano, en cuyos versos los árboles, las flores, los animales agazapados son iconos civilizados, símbolos que brillan y tintinean (Rimbaud), como restos del hilo que Ariadna fue dejando en el bosque de piedra.

La música de Éluard es ligera, los colores, los perfumes, las texturas que aparecen en sus poemas llevan a pensar en las estampas rococó de su paisano Fragonard, aunque el hedonismo libérrimo de éste aparece en su caso matizado y cultivado en el decoro del dolor.
Su jardín de las estatuas, de los claros de luna, de los satenes trémulos y de las carnes blancas, es un jardín inconsistente e íntimo, fugaz.

Paul Éluard (Saint-Denis, 1895), supo tempranamente de la enfermedad. A los diecisiete años, una tuberculosis lo apartó de los estudios y lo llevó a ser internado en un sanatorio, donde conoció a su musa y compañera durante quince años, Helena Diakonova, Gala, y donde comenzó a escribir esos poemas que son verdaderas fulguraciones de un instante.
A partir de los años 40 del pasado siglo, intensifica su compromiso político, y hace de la palabra poética instrumento de resistencia y de combate.
Falleció en Charenton-le-Pont en 1952.

El poema que reproduzco pertenece a su primera época, y forma parte de su libro "Capital del dolor", publicado en 1926.
A esta primera época pertenecen las notas esbozadas anteriormente.


EL ESPEJO DE UN MOMENTO
Disipa el día,
Muestra a los hombres las imágenes desligadas de la apariencia,
Es duro como la piedra,
La piedra informe,
La piedra del movimiento y de la vista,
Y tiene tal resplandor que todas las armaduras y todas las máscaras
quedan falseadas.
Lo que la mano ha tomado ni siquiera se digna tomar la forma
de la mano,
Lo que ha sido comprendido ya no existe,
El pájaro se ha confundido con el viento,
El cielo con su verdad,
El hombre con su realidad.
(Trad. Aldo Pellegrini)


Paul Éluard