sábado, 25 de mayo de 2019

FRIEDRICH HÖLDERLIN REMEMORA UN EPISODIO DE SU INFANCIA

Debería haber muerto entonces, allí, en aquel parque,
como Narciso al tratar de alcanzar su propia imagen 
en un remanso de las aguas de la fuente.
Todo me llamaba hacia ese centro
                                          donde alas sostienen
la cúpula remotísima del cielo, y las horas
transcurren lentas
como el susurro del viento entre los álamos.
                           
Una sombra atravesaba más tarde los caminos,
como un mendigo
                       en cuya frente, como en un espejo,

se posaran dulcemente los astros. 
                                                                                     
                                                                                                                                   X. R. R.  (Inédito)




Franz Carl Hiemer, "Friedrich Hölderlin", 1792

martes, 19 de marzo de 2019

NIGHT FALLS

En 2009, poco después de fallecer mi padre, cogí un tren y me largué a París. Anduve varios días por las inmediaciones de la Gare de Lyon, instalado en una pensión desde cuya ventana, haciéndose de día, uno podía respirar el aroma del asfalto recién regado y, si no lo he soñado, el de las flores recién cortadas que las proverbiales floristas parisinas colocaban en bouquets delante de la puerta de sus tiendas.
De noche, daba largos paseos, impulsado a partes iguales por la melancolía, el desconcierto y breves cancioncillas que se posaban en mis manos, como nubes de algodón sobre las ramas de los árboles, y se desvanecían no sin antes haberme dejado en la memoria el recuerdo de su paso.
No sé si Verlaine, con su dientes de verdín y su rostro de barro, tenía algo que ver en todo esto, pero lo cierto es que fueron días de fértil soledad, en los que me di cuenta de que la infancia era un juguete roto, inalcanzable, porque el misterio había ya interpuesto para siempre sus húmedas paredes y sus verjas.
Tengo asimismo gratos recuerdos de las conversaciones que mantuve aquellos días con el Sena, que más que un río es una carretera, un bulevar donde de noche pasan visiones, ausencias, versos, con ese sordo chapoteo de las olas verdes que fluyen, se alzan y desparecen de nuevo.
Arriba, estrellas de hojalata o de cristal, y el estrépito fugaz del metro cruzando el puente de hierro.
Nada más y, sin embargo, casi todo. Si alguna vez he creído que era posible atrapar canciones al vuelo, y que mi voz era capaz de cantar fue allí, fue entonces, caminando incansablemente por esa rumorosa ciudad tan llena de cosas muertas y de presencias vivas.

Y desde entonces, nunca he dejado de cantar.


NIGHT FALLS
Oh pare, tu ets
mort, i jo estic sol.
La nostra vida resta
quieta, interrumpuda
branca, arrencada
de l'arbre.

NIGHT FALLS
Oh padre, tú estás
muerto, y yo estoy
solo. Nuestra vida
permanece quieta,
rama interrumpida,
desgajada del árbol.

                                              De "Roc en dol", (inédito), 2009.



Avenida Victor Hugo, París. Fotografía del autor.










sábado, 27 de octubre de 2018

VARIACIONES SOBRE UN DÍA DE LLUVIA

Esta noche he soñado con mi padre.
Afirma Eliot, en algún lugar de sus cuartetos, que conforme uno vive, la trama de vivos y muertos se hace más compleja. Y nosotros, que le damos la razón en casi todo, estamos de acuerdo.

Ha sido al final de la noche, cerca del alba: desde una especie de pasarela, muy cerca del agua, observábamos pasar barcos gigantescos, despertando un "oh" de júbilo y admiración entre los asistentes.
Aprovechando un descuido, me he colado por una especie de breve túnel y he descendido a un barco hundido, pero lleno de claridad, con esa sensación de quien regresa a casa. Esperaba encontrar allí a mi madre, pero, en una oficina colmada de transparente agua, estaba él, revolviendo papeles (que estaban secos, paradojas del sueño), un poco despeinado, su rostro manifestando una mezcla de suave reproche, como si llegara tarde, y alegría por haber llegado.

Después, he despertado, he preparado café y me he puesto a escribir. Al cabo de dar vueltas alrededor de las palabras, se ha puesto a llover y he pensado en Ulises.
Para mí, Ulises, otra paradoja dado lo solar de su procedencia, viene relacionado desde siempre con la lluvia.
Había una pequeña biblioteca pública en la calle Horta por donde pasaba cuando bajaba del colegio. Una mañana de lluvia, oscura y lóbrega, me hice con un ejemplar de la obra de M. I. Finley sobre el mundo de Ulises.
Su sabrosa y geográfica descripción sirvió de alimento durante mucho tiempo a mi desnutrida y sobreexcitada adolescencia.
Se da el caso de que tardé aproximadamente veinte años, los mismos que tarda Odiseo en regresar a casa, en devolver el libro traspapelado a sus dueños, ante la socarrona sonrisa de los bibliotecarios.

Siempre que llueve, me acuerdo de Ulises, de mi padre, del libro de Finley y también de la antología en Austral de Rubén Darío, cuyo "Coloquio de los Centauros" me voló literalmente la cabeza por aquella época, y que asimismo tomaba en préstamo en aquella pequeña y desaparecida biblioteca.

Al fin y al cabo, me da por pensar que en las mañanas de lluvia Penélope, en algún lugar de la memoria, se entretiene en deshacer el relato que configura nuestras vidas y nos invita a regresar al lugar donde siempre es posible volverlo a comenzar.






martes, 16 de octubre de 2018

LA CALLE DE LA CERA

A la memoria de Manuel Vázquez Montalbán

La Calle de la Cera.
El aluvión suburbial, la materia absorbente de esas piedras; la disolución ineficaz de los símbolos, la mescolanza de vencedores y vencidos.
Grumos de sal: por esas calles pasea todavía el fantasma autóctono de... ¿puede ser autóctono un fantasma?
Calles del Aragón, de Murcia, de Castilla-La Mancha, de la Galicia más elemental y dedicada al oficio del manjar.
Prostíbulos que brindan un efímero consuelo a los derrotados. Salir adelante alquilando la piel, ese espasmo que resonará en la cabeza y el corazón de los hijos, de los nietos...
Cordelerías, vísceras, objetos de uso e intercambio sin que la ley precisa de la oferta y la demanda pueda establecer, instituir su norma: porque hablamos de la ternura, y de su mensajero más voluble, que es el viento.
El silencio acecha cuando el futuro es ya pasado y nada puede restituir su largo eco.

De cuando la información oficial, de uno u otro signo, se convierte en propaganda, aunque sea pretendidamente cultural.


CIUDAD
En la deriva vespertina, convergían
oscuros cuerpos como fardos
(la cobarde noche del franquismo
iba a ser larga), inundando meublés
y cuartos alquilados.
Todo se compraba y se vendía,
y a contraluz del áspero tergal
del estraperlo, manaba
sangre negra de las ingles
de aquella gangrenada Barcelona,
más vieja y más sabia, sin embargo,
que el mar y que el amor.
                                                
                                                   X. R. R.





Manuel Vázquez Montalbán





domingo, 24 de junio de 2018

ROUSSEAU, MI VIEJO AMIGO

Siempre llamó mi atención la importancia que han tenido para la filosofía pensadores, escritores cuyos libros transitan por esa lábil frontera donde la perplejidad no sienta doctrina ni los hallazgos de la interioridad se erigen en sistema.
Obras rezumantes de un yo que es contemplado mientras despliega los ecos de lo que alguna vez fueron instantes, percepciones, vivencias, unificadas por el fino alambre de la escritura hasta constituir una unidad de sentido, el testimonio de una existencia.

Varios son los autores y los libros que forman parte de esta especie de "liga de la interioridad", a la cual Occidente debe buena parte de sus luces y sus sombras.
San Agustín, Montaigne, Rousseau, Kierkegaard, Nietzsche socavan buena parte de los fundamentos heredados y despejan el terreno para que otros puedan hincar de nuevo los pilares que un mundo siempre en marcha no tardará en dejar atrás.
De un modo más o menos teatral, escenificado, aunque sea a la luz de la vela, la bujía o la lámpara, porque es sabido desde siempre que no hay escritura sin un público, ni confesión que no busque el aplauso, aunque sea el de las sombras.
La experiencia psicoanalítica demuestra que no es tanto la verdad lo que salva, sino el romper a hablar, la puesta en marcha de la cadena infinita de los significantes que se anudan, de las palabras que se entrelazan unas a otras mientras suena el rumor oscuro del lenguaje, de los pétalos de una rosa invisible que se abre al escribir o al hablar.
Ese "pasado en claro", en palabras de Octavio Paz, la construcción de ese espacio en el que las palabras se buscan, como provistas de una especie de imán, para levantar ese edificio siempre provisional que llamamos relato de una vida.

A menudo me pregunto qué va a pasar con los cuadernos que vengo escribiendo con más o menos dedicación y empeño desde hace algunos años. Páginas y más páginas muchas de ellas manchadas por el café o la nicotina, desesperadas o felices, desgarradas o tersas como la piel de un niño.
De ahí han brotado buena parte de mis poemas, cuando la búsqueda incesante de un lugar, a través de las palabras, va a dar en un claro del bosque y quien escribe se convierte, como decía Heidegger, en "pastor del lenguaje", y de repente es Heine, desde su exilio, o Dante, desde una plaza porticada, quienes se manifiestan, con agradable estupor, a través uno mismo.
O aquel adolescente que creía que efectivamente había dioses que poblaban el mundo, dispuestos a sernos propicios y a ayudarnos, y que todo ese incipiente desconcierto entrañaba un sentido y convergía hacia esa especie de cúpula azul, de perla perfecta denominada existencia...

Después el mundo, como un viejo y poderoso león que se sacude las moscas, va domesticando muchas de nuestras impertinencias y nos va colocando en nuestro lugar, aunque tengamos el bello y precario privilegio de decir la última palabra.





lunes, 7 de mayo de 2018

MIGUEL ÁNGEL ESTEBAN, "EL FIN DEL BIENESTAR"

Fue en el trasncurso de la campaña a las presidenciales de 1992, cuando el asesor de campaña de Bill Clinton, James Carville, acuñó la célebre frase: "Es la economía, estúpido".

Parafraseándolo, podríamos resumir la estrategia y la intención de los relatos que integran "El fin del bienestar" diciendo: "son los hechos, estúpido".

Comenta el autor, no sabemos si haciendo uso de cierto malditismo, que sus relatos no nacen de la literatura, sino de la observación, de la experiencia.
No hay adornos innecesarios, prolijidad expositiva, zonas muertas en los mismos. Todo converge en ellos hacia la puesta en evidencia de las contradicciones que aquejan e impulsan a los personajes, los paralizan y los hacen desesperadamente avanzar hasta que caen: bailarinas giróvagas en la caja de música, o aquellos raros momentos de gloria en que el gato de Tom y Jerry se divierte atrapando con una uña la cola del ratón, que no puede escapar.

Aunque cabría decir que la literatura, en sus manifestaciones, lo es todo: también la elipsis y la grasa eliminada para que el tendón y el músculo del relato, la conclusión, el sentimiento básico que nos trata de transmitir, resalten más.
En esto fueron maestros Hemingway y otros cuentistas norteamericanos cuya impronta es indudable en el libro.

Si hay una hora fascinante en las ciudades es aquella en que, de noche, se encienden las primeras luces en los edificios. Cada rectángulo naranja, cada persiana que filtra la luz, esconde un drama, cómico o amargo, alcohólico o abstemio, monótono o sublime.
El ojo se habitúa a registrar imperceptibles cambios de escenario o personajes para tratar de hallar la clave de lo que pasa más allá de la cuarta pared.

Del mismo modo, hay literaturas eróticas o pornográficas: las hay que necesitan del desarrollo demorado de la historia, de los antecedentes, del pasado de los personajes para poner cachondos a los lectorres, y otras que comienzan con los personajes, a menudo a través del diálogo, quitándose la ropa, despojándose de todo aquello que la civilización recubrió con bárbara indolencia.

Si en los relatos son los hechos, la acción, los que deben hablar, estos relatos hablan. Si de lo que se trata es de helar la sonrisa del lector ante el espejo de sus propias miserias y contradicciones, estos relatos lo hacen.
Si lo que quieren es pasar un rato agradable de lectura sin que el autor les golpee en pleno rostro y crispe la sintonía del hilo musical, entonces no lean este libro.

Como decía el poeta Joaquín María Bartrina, "Si quieres ser feliz, como me dices, / no analices, muchacho, no analices".






Miguel Ángel Esteban, "El fin del bienestar".
Epílogo de Igor Goienetxea Abascal.
Témenos edicions, col. último vagón, 2018.

domingo, 4 de marzo de 2018

EL POETA IMPECABLE: PAUL ÉLUARD

Si hay un poeta frente al cual pueda pensarse que es posible decirlo "todo", ése es Paul Éluard.
Elegante, sutil, refinado, elusivo, parece conocer los secretos pasadizos, estar en posesión de las claves para adentrarse en ese laberinto donde mora el inconsciente, el "monstruo rubio", que diría Cernuda, y que en amplio sentido convenimos en llamar Amor.

Nunca con estridencias, siempre con eficacia, a menudo con ese ágil giro de pies que no necesita de la rotundidad para derrotar al minotauro del deseo y llevárselo de paseo por la ciudad con un lazo de seda al cuello.

Por la ciudad, porque Éluard es un poeta eminentemente metropolitano, en cuyos versos los árboles, las flores, los animales agazapados son iconos civilizados, símbolos que brillan y tintinean (Rimbaud), como restos del hilo que Ariadna fue dejando en el bosque de piedra.

La música de Éluard es ligera, los colores, los perfumes, las texturas que aparecen en sus poemas llevan a pensar en las estampas rococó de su paisano Fragonard, aunque el hedonismo libérrimo de éste aparece en su caso matizado y cultivado en el decoro del dolor.
Su jardín de las estatuas, de los claros de luna, de los satenes trémulos y de las carnes blancas, es un jardín inconsistente e íntimo, fugaz.

Paul Éluard (Saint-Denis, 1895), supo tempranamente de la enfermedad. A los diecisiete años, una tuberculosis lo apartó de los estudios y lo llevó a ser internado en un sanatorio, donde conoció a su musa y compañera durante quince años, Helena Diakonova, Gala, y donde comenzó a escribir esos poemas que son verdaderas fulguraciones de un instante.
A partir de los años 40 del pasado siglo, intensifica su compromiso político, y hace de la palabra poética instrumento de resistencia y de combate.
Falleció en Charenton-le-Pont en 1952.

El poema que reproduzco pertenece a su primera época, y forma parte de su libro "Capital del dolor", publicado en 1926.
A esta primera época pertenecen las notas esbozadas anteriormente.


EL ESPEJO DE UN MOMENTO
Disipa el día,
Muestra a los hombres las imágenes desligadas de la apariencia,
Es duro como la piedra,
La piedra informe,
La piedra del movimiento y de la vista,
Y tiene tal resplandor que todas las armaduras y todas las máscaras
quedan falseadas.
Lo que la mano ha tomado ni siquiera se digna tomar la forma
de la mano,
Lo que ha sido comprendido ya no existe,
El pájaro se ha confundido con el viento,
El cielo con su verdad,
El hombre con su realidad.
(Trad. Aldo Pellegrini)


Paul Éluard