lunes, 26 de junio de 2017

A BENEFICIO DE INVENTARIO: "SI MAL NO RECUERDO", DE MIGUEL ÁNGEL BARRERA MATURANA

Afantasmado, convaleciente aún, releo en el parque "Si mal no recuerdo", del granadino Miguel Ángel Barrera Maturana.
Juegan los niños en círculo, cogidos de la mano, como en los viejos estribillos populares, lucen las adelfas, a través de los mirtos y los cipreses, sus mejores rosas, y van y vienen las palomas del corazón a sus asuntos, como suelen hacer.
Uno de esos momentos en los que uno busca amparo en el abrazo humano, en el contacto de una voz poética y amiga: el bronce de la estatua, la poesía mayúscula nos hundiría con su peso de siglos, agravaría las llagas, las heridas que nos dejó el Amor.

Como afirma Ramón Repiso en su prólogo al libro, también a mí me llamó poderosamente la atención el título, "Si mal no recuerdo", del poemario.
Certeramente lo contrapone Repiso a su orgulloso equivalente "me acuerdo perfectamente", sentencia inapelable que suele convertir la experiencia, los recuerdos, en reos que claman su inocencia.
En cambio, en ese condicional, en ese "Si mal no recuerdo", creí entrever enseguida que se encerraba una doble lectura, fértil para la creación y la lectura poética: no recordar el mal infligido o sufrido como condición de posibilidad para que, desde el perdón, el reconocimiento, la aceptación, la flora lírica abra sus corolas de luz perecedera.

Tres partes principales, amén de un proemio y un epílogo, componen el poemario.

Es la primera "Pan duro": mendrugos que el tiempo, al irse, dejó precipitados sobre el mármol azul de la memoria, animalillos, camafeos conservados en el ámbar del tiempo abatido, collar de cuentas que arrojan luz cuando la ternura, como un milagro, las sostiene en las manos.

"Me acojo a ti, único y falso dios,
tiempo mío que come de otro tiempo".

En este caso, no será la cálida infusión proustiana quien reblandezca el duro pan que amasa el corazón; será la lluvia

"como pan, como sal,
y mi mano agradece su limosna de olvido"

quien lo haga.

En "Mar adentro", la segunda de sus partes, ese niño ensimismado ante los atlas y los mapas, el que viendo a sus padres descansar en el letargo del verano barruntaba la sombra que vendría luego, pone la proa hacia el mar "sarmentoso" (el adjetivo es de Biedma).
El amor compartido, la bohemia amurallada del Albaicín, el plan contable que supone hacerse adulto, donde cada nube, cada dolor, cada día, cada esperanza, son anotadas, caen lentas, pesadas sobre el corazón como vieja balanza.
Poemas dedicados a su compañera de viaje, a sus hijos, a los dos ríos de Granada ("uno llanto y otro sangre"), poemas de una vida que va en serio, de un hombre que, machadianamente, trata de vivir en paz con el mundo y en guerra con sus entrañas.

"No temo al infinito,
porque cuento hasta uno (...)
No le temo a la muerte,
ella cuenta por mí".


Finalmente, en el tercer acto del poemario, titulado "Tierra adentro", Barrera Maturana saca a relucir lo que denominaría su militancia tierna; allí donde en los dos anteriores capítulos su yo poético mostraba sin tapujos las entretelas, carencias, ausencias, ternuras y miedos, se alza la voz comprometida, la del hombre de la calle que habita un tiempo y un lugar y lo comparte junto a otros, la que pasa revista a las injusticias que pasan ante los ojos de su conciencia, la de quien pasea a un culpable atado a los grilletes de las contradicciones, entre las cuales escribir poesía, por la profundidad de su alcance, quizá no sea la menor.

"poner la llave a salvo de ladrones,
salvar la dignidad en cada espejo". 

Recuerdo, en el transcurso de mi última visita a Granada, estar echando un cigarrillo junto a Miguel Ángel y otros frente a la Chancillería, noche cerrada ya.
Comentábamos el mucho dolor que aquella imponente sillería que evoca en el epílogo del libro

"qué injusto que las piedras,
que no saben de nada ni de nadie,
                         a ti y a mí nos sobrevivan"


atesoraba, habiendo sido sede de la Inquisición, cárcel, escenario de torturas.

Un fantasma de frío y de silencio cruzó la calle a nuestra espalda, quizá sabiendo que el único refugio donde hallar un calor cierto sea en poemarios como "Si mal no recuerdo", trabados verso a verso, susurrados en voz baja por el poeta en su taller, a beneficio de inventario.




"Si mal no recuerdo", Miguel Ángel Barrera Maturana.
Fundación Huerta de San Antonio, Úbeda, Jaén, 2017.



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