domingo, 24 de junio de 2018

ROUSSEAU, MI VIEJO AMIGO

Siempre llamó mi atención la importancia que han tenido para la filosofía pensadores, escritores cuyos libros transitan por esa lábil frontera donde la perplejidad no sienta doctrina ni los hallazgos de la interioridad se erigen en sistema.
Obras rezumantes de un yo que es contemplado mientras despliega los ecos de lo que alguna vez fueron instantes, percepciones, vivencias, unificadas por el fino alambre de la escritura hasta constituir una unidad de sentido, el testimonio de una existencia.

Varios son los autores y los libros que forman parte de esta especie de "liga de la interioridad", a la cual Occidente debe buena parte de sus luces y sus sombras.
San Agustín, Montaigne, Rousseau, Kierkegaard, Nietzsche socavan buena parte de los fundamentos heredados y despejan el terreno para que otros puedan hincar de nuevo los pilares que un mundo siempre en marcha no tardará en dejar atrás.
De un modo más o menos teatral, escenificado, aunque sea a la luz de la vela, la bujía o la lámpara, porque es sabido desde siempre que no hay escritura sin un público, ni confesión que no busque el aplauso, aunque sea el de las sombras.
La experiencia psicoanalítica demuestra que no es tanto la verdad lo que salva, sino el romper a hablar, la puesta en marcha de la cadena infinita de los significantes que se anudan, de las palabras que se entrelazan unas a otras mientras suena el rumor oscuro del lenguaje, de los pétalos de una rosa invisible que se abre al escribir o al hablar.
Ese "pasado en claro", en palabras de Octavio Paz, la construcción de ese espacio en el que las palabras se buscan, como provistas de una especie de imán, para levantar ese edificio siempre provisional que llamamos relato de una vida.

A menudo me pregunto qué va a pasar con los cuadernos que vengo escribiendo con más o menos dedicación y empeño desde hace algunos años. Páginas y más páginas muchas de ellas manchadas por el café o la nicotina, desesperadas o felices, desgarradas o tersas como la piel de un niño.
De ahí han brotado buena parte de mis poemas, cuando la búsqueda incesante de un lugar, a través de las palabras, va a dar en un claro del bosque y quien escribe se convierte, como decía Heidegger, en "pastor del lenguaje", y de repente es Heine, desde su exilio, o Dante, desde una plaza porticada, quienes se manifiestan, con agradable estupor, a través uno mismo.
O aquel adolescente que creía que efectivamente había dioses que poblaban el mundo, dispuestos a sernos propicios y a ayudarnos, y que todo ese incipiente desconcierto entrañaba un sentido y convergía hacia esa especie de cúpula azul, de perla perfecta denominada existencia...

Después el mundo, como un viejo y poderoso león que se sacude las moscas, va domesticando muchas de nuestras impertinencias y nos va colocando en nuestro lugar, aunque tengamos el bello y precario privilegio de decir la última palabra.





lunes, 7 de mayo de 2018

MIGUEL ÁNGEL ESTEBAN, "EL FIN DEL BIENESTAR"

Fue en el trasncurso de la campaña a las presidenciales de 1992, cuando el asesor de campaña de Bill Clinton, James Carville, acuñó la célebre frase: "Es la economía, estúpido".

Parafraseándolo, podríamos resumir la estrategia y la intención de los relatos que integran "El fin del bienestar" diciendo: "son los hechos, estúpido".

Comenta el autor, no sabemos si haciendo uso de cierto malditismo, que sus relatos no nacen de la literatura, sino de la observación, de la experiencia.
No hay adornos innecesarios, prolijidad expositiva, zonas muertas en los mismos. Todo converge en ellos hacia la puesta en evidencia de las contradicciones que aquejan e impulsan a los personajes, los paralizan y los hacen desesperadamente avanzar hasta que caen: bailarinas giróvagas en la caja de música, o aquellos raros momentos de gloria en que el gato de Tom y Jerry se divierte atrapando con una uña la cola del ratón, que no puede escapar.

Aunque cabría decir que la literatura, en sus manifestaciones, lo es todo: también la elipsis y la grasa eliminada para que el tendón y el músculo del relato, la conclusión, el sentimiento básico que nos trata de transmitir, resalten más.
En esto fueron maestros Hemingway y otros cuentistas norteamericanos cuya impronta es indudable en el libro.

Si hay una hora fascinante en las ciudades es aquella en que, de noche, se encienden las primeras luces en los edificios. Cada rectángulo naranja, cada persiana que filtra la luz, esconde un drama, cómico o amargo, alcohólico o abstemio, monótono o sublime.
El ojo se habitúa a registrar imperceptibles cambios de escenario o personajes para tratar de hallar la clave de lo que pasa más allá de la cuarta pared.

Del mismo modo, hay literaturas eróticas o pornográficas: las hay que necesitan del desarrollo demorado de la historia, de los antecedentes, del pasado de los personajes para poner cachondos a los lectorres, y otras que comienzan con los personajes, a menudo a través del diálogo, quitándose la ropa, despojándose de todo aquello que la civilización recubrió con bárbara indolencia.

Si en los relatos son los hechos, la acción, los que deben hablar, estos relatos hablan. Si de lo que se trata es de helar la sonrisa del lector ante el espejo de sus propias miserias y contradicciones, estos relatos lo hacen.
Si lo que quieren es pasar un rato agradable de lectura sin que el autor les golpee en pleno rostro y crispe la sintonía del hilo musical, entonces no lean este libro.

Como decía el poeta Joaquín María Bartrina, "Si quieres ser feliz, como me dices, / no analices, muchacho, no analices".






Miguel Ángel Esteban, "El fin del bienestar".
Epílogo de Igor Goienetxea Abascal.
Témenos edicions, col. último vagón, 2018.

sábado, 14 de abril de 2018

EL PUENTE DE VALLCARCA

Hace un tiempo, dando un paseo, crucé junto al puente de Vallcarca.
Era una mañana de domingo, áspera y gris, de aquellas en que la luz no favorece en absoluto a las cosas, y las hace aparecer bajo su aspecto más crudo y sucio.
Pasé junto al puente de Vallcarca, el puente barcelonés de los suicidas, de los desesperados, y vi detenidos un par de coches de la policía y un cuerpo inmóvil sobre la acera, tapado con una manta.
Las ciudades, como todo el mundo sabe, tienen sus partes de atrás, y a veces me llevan a pensar en una madre empobrecida que calienta sus manos en el brasero de las luces y las sombras, del odio, de la esperanza también, de la especulación, de las resistencias íntimas y de las voces (a veces gritos) colectivas.

Quizá sean únicamente fulgurantes proyecciones mías, nada más. Ya saben cómo somos los poetas.

Lo que sí es cierto es que suelo acelerar el paso cuando cruzo junto al puente de Vallcarca.


BLUES DEL PUENTE DE VALLCARCA
Por el puente de Vallcarca baja un río
invisible como un blues, sus amplios ojos
no contienen ni una lágrima. Giran
en la mañana las luces de los coches policía,
y yo me subo las solapas (tengo frío)
cuando veo asomar debajo de las mantas
las zapatillas blancas del último suicida.
Aprieto el paso hacia ningún lugar,
se ha roto la mañana, ningún poema
podrá jamás alzar 
ese cuerpo
tapado, que protegen ahora para nada
              las luces tristes de los coches policía.




Picasso, "Mendigos junto al mar", 1903.




domingo, 4 de marzo de 2018

EL POETA IMPECABLE: PAUL ÉLUARD

Si hay un poeta frente al cual pueda pensarse que es posible decirlo "todo", ése es Paul Éluard.
Elegante, sutil, refinado, elusivo, parece conocer los secretos pasadizos, estar en posesión de las claves para adentrarse en ese laberinto donde mora el inconsciente, el "monstruo rubio", que diría Cernuda, y que en amplio sentido convenimos en llamar Amor.

Nunca con estridencias, siempre con eficacia, a menudo con ese ágil giro de pies que no necesita de la rotundidad para derrotar al minotauro del deseo y llevárselo de paseo por la ciudad con un lazo de seda al cuello.

Por la ciudad, porque Éluard es un poeta eminentemente metropolitano, en cuyos versos los árboles, las flores, los animales agazapados son iconos civilizados, símbolos que brillan y tintinean (Rimbaud), como restos del hilo que Ariadna fue dejando en el bosque de piedra.

La música de Éluard es ligera, los colores, los perfumes, las texturas que aparecen en sus poemas llevan a pensar en las estampas rococó de su paisano Fragonard, aunque el hedonismo libérrimo de éste aparece en su caso matizado y cultivado en el decoro del dolor.
Su jardín de las estatuas, de los claros de luna, de los satenes trémulos y de las carnes blancas, es un jardín inconsistente e íntimo, fugaz.

Paul Éluard (Saint-Denis, 1895), supo tempranamente de la enfermedad. A los diecisiete años, una tuberculosis lo apartó de los estudios y lo llevó a ser internado en un sanatorio, donde conoció a su musa y compañera durante quince años, Helena Diakonova, Gala, y donde comenzó a escribir esos poemas que son verdaderas fulguraciones de un instante.
A partir de los años 40 del pasado siglo, intensifica su compromiso político, y hace de la palabra poética instrumento de resistencia y de combate.
Falleció en Charenton-le-Pont en 1952.

El poema que reproduzco pertenece a su primera época, y forma parte de su libro "Capital del dolor", publicado en 1926.
A esta primera época pertenecen las notas esbozadas anteriormente.


EL ESPEJO DE UN MOMENTO
Disipa el día,
Muestra a los hombres las imágenes desligadas de la apariencia,
Es duro como la piedra,
La piedra informe,
La piedra del movimiento y de la vista,
Y tiene tal resplandor que todas las armaduras y todas las máscaras
quedan falseadas.
Lo que la mano ha tomado ni siquiera se digna tomar la forma
de la mano,
Lo que ha sido comprendido ya no existe,
El pájaro se ha confundido con el viento,
El cielo con su verdad,
El hombre con su realidad.
(Trad. Aldo Pellegrini)


Paul Éluard


sábado, 24 de febrero de 2018

LA LUZ EN EL ESPEJO: ROBERT SCHUMANN

De las presuntas relaciones entre enfermedad mental y creatividad artística, se han escrito centenares de tratados.
A la luz de la epistemología más elemental, acabamos en este asunto donde empezamos, en una petición de principio: la de no saber si son las cualidades y aptitudes sensoriales sobredimensionadas las que hacen ceder sobre sus goznes las puertas de la razón, o si éstas, ya cedidas, son las que dejan colarse incontrolables ráfagas de luz y frío en la mente desarmada de sus pobladores.

Las formas de acudir a restañar y paliar esta herida psíquica, esta apertura a lo exterior/interno, son múltiples y variadas.
En el caso del alemán Robert Schumann (Zwickau, 1810-Endenich, 1856), es la de una música cuyas sonoridades, luchando para no desgajarse del collar que las mantiene engarzadas en una melodía, curiosamente se asemejan, como si fueran su gemelo cristalino y limpio, a las palabras-cosa, a las heces semiarticuladas, a las voces sopladas o robadas de Antonin Artaud.
En sus mejores momentos, las estampas que Schumann hace brotar, como de un cuaderno coloreado, de su piano, se adentran en regiones más allá de las cuales sólo cabe un blanco y gélido silencio.
En los peores, en época de crisis, las inseguridades humanas y creativas que lo asedian lo llevan a saturar de notas, a sobrecargar de sonido cada momento, como la pluma que detenida sobre el papel demasiado tiempo acaba perforándolo y saturándolo de tinta.

La noche de Carnaval de 1854, tuvo la osada ocurrencia de arrojarse en pijama a las ondas heladas del Rin, según dijo para proteger a su esposa Clara del combate entre ángeles y demonios que se lo disputaban a ambos lados de su razón.
Como en las leyendas germánicas, llenas de pescadores y de barcas, unos hombres que faenaban cerca del lugar y que habían presenciado la escena, lo rescataron de las aguas.
En franco declive y por petición  propia, pasó los siguientes dos años en un centro de reclusión mental en Endenich, donde falleció.

¿Psicóticos o genios? Buena pregunta. Seres taciturnos, rostros pétreos visitados, de vez en cuando, por un alma risueña que se debate contra los barrotes del mundo.
Como el rayo de luna o de sol que anima, al posarse, los ojos ausentes de una máscara.

Que siga, pues, el Carnaval. El resto, como todo el mundo sabe, o es silencio o es literatura.


LA LUZ EN EL ESPEJO
La música de Schumann,
la que transcurre
al otro lado del espejo,
la que refleja, con íntima
estatura, la luz de una locura
que es tierna, pura, y hace
sonreír al público
que llena
aquella sala, la sala
de las sombras y los aplausos 
huecos, los reconocimientos,
la sala de los muertos.
De este lado de aquí,
la sala está vacía:
sólo Schumann
y la mañana blanca
pesando en sus dos ojos
como un soplo de luz en el espejo.
                                                          



Robert Schumann




jueves, 8 de febrero de 2018

"PEQUEÑAS CANCIONES PARA UN CIRCO MUDO", DE ÁNGEL RODRÍGUEZ

Sucede con este libro lo mismo que con aquellos pequeños cuadernos cuyas imágenes, al pasar las páginas a determinada velocidad, adquieren la sensación de movimiento.

Leyéndolo sin pausa, los poemas que lo integran dibujan un completo panorama de las emociones humanas, utilizando para su plasmación un catálogo de bizarros personajes (tragasables, la mujer-gárgola, trapecistas, gigantes) provenientes del mundo del circo.
Una parada de monstruos que el autor despliega, a la manera de breves espejos deformantes, para reflejar lo que nos atañe, sin embargo, a todos.

Poemas para ver, instantáneas nacidas para perturbar, para remover el limo bajo la superficie tersa del ojo, para alzar la lona de ese circo en el que cada uno de nosotros viajamos porque está dentro de nosotros.
Ese circo con el cual acampamos a las puertas de esa absurda ciudad, esa sí llena de monstruos, que llamamos razón...

De vez en cuando, agradecemos la aparición de luminosos perdedores que, como Ángel Rodríguez, nos traigan sus poemas desde el abismo.
Poemas que silben en los oídos como la risa del lanzador de cuchillos.

"El circo,
 la vida.
 El circo...
 El circo soy yo".





"Pequeñas canciones para un circo mudo", Ángel Rodríguez.
Ed. Piedra Papel Libros, 2017.



sábado, 27 de enero de 2018

PAVESE

Llegué a Pavese por sus relatos. 
Por su capacidad de colocarnos de inmediato en el centro emocional de la anécdota que narran, por esa tristeza en sordina, madura, que transmiten esas historias en las que el protagonista participa de los juegos y las vivencias junto a los otros, pero, a la vez, se reserva para sí un punto de vista diferente, el de quien se sabe pertenenciente a algún otro lugar, un lugar que no sabe ni él mismo, pues no figura en los mapas.

Un lugar que Pavese explora y ahonda en sus poemas. Gentes de la ciudad que sueñan con el campo, gentes del campo que visitan o sueñan con la ciudad, con la vida, "mujeres que fuman" y se quitan el frío recorriendo la arquitectura lívida de las calles, muchachos que pierden el tiempo mordisqueando una rama a orillas del río mientras recuerdan, desean o sueñan.

Poemas narrativos, los de "Lavorare stanca", poemas líricos de la última época, cuando la propia voz ve cerniéndose cada vez más cerca el "carnívoro cuchillo" del que hablaba Miguel Hernández, y ya cercana al hueso, sin apenas anécdota, se resuelve en íntima estridencia.
Los poemas se adelgazan y eternizan. Ya no los pueblan personajes de deseo o de barro, ya no son frisos esculpidos en piedra. Son notas quintaesenciadas de un piano que ha ido perdiendo la ilusión de narrar, la melodía, los sonidos de un tren entrando en vía muerta, el zambullirse hermético en los ojos de un extraño que lo contempla a través del espejo, y que son sus ojos mismos.
"Vendrá la muerte y tendrá tus ojos".

Nosotros amamos la poesía de Pavese, porque creemos comprender el lugar desde donde se construye.
Las avenidas huecas, los pasos de la gente, los minutos difuntos en que los ojos perciben el cabrilleo de una anécdota que los sacan de su letargo, esas plazas porticadas que son como ventanas donde no pasa nada, por donde fluye el tiempo, un tiempo gris, un tiempo urbano, un tiempo humano, sí, probablemente demasiado humano.

Pero nosotros, pese a todo, aún seguimos creyendo que siempre es posible decir una palabra más, y otra, y otra, aunque sea para no abandonarnos, para no secundar tu último y desesperado gesto.


TRISTE DE MARBLE ARCH
Ahora que empiezas a saber
que quizá no vuelvas nunca
a recorrer aquellas calles, cruzar
las plazas, leer a los poetas:
que piensas que quien pudo,
una vez, con Pavese, guarecerse
del agua o de la vida, bajo
los quietos, grises pórticos,
ya supo de toda la tristeza,
ya sintió todo el frío, y es
más que suficiente.

X. R. R., "Suburbio y Lejanía", Ed. Oblicuas, 2012.