sábado, 11 de noviembre de 2017

DECRETANDO EL ESTADO DE GRACIA: A PROPÓSITO DE "¿QUIÉN TEME A THELMA & LOUISE?", DE MÓNICA DOÑA

Llega a mis manos estos días el último libro de la poeta jiennense Mónica Doña, donde efectúa un recorrido en femenino hasta alcanzar el estado de gracia.

Como lector atento de su penúltimo libro, "Adiós al mañana", y de textos pertenecientes a anteriores obras, que la autora comparte a través de las redes sociales, constato tanto en la forma como en el contenido una liberación y un vuelo en su palabra que conserva, sin embargo, lo más genuino de su voz poética: esa certera sequedad, esa brevedad esponjada a menudo a través de un guiño de ternura, ese irónico ajuste de cuentas con un pasado que no fue lo que fue sino ahora, cuando su palabra es capaz de expresarlo, sopesarlo y sostenerlo, poniendo las cosas en su sitio o desalojándolas para siempre de donde nunca debieron estar.

El libro se estructura en tres partes, correspondientes a tres momentos de lo que la autora considera un viaje libérrimo y liberador de los corsés identitarios.

En la primera de ellas, "Femenino y singular. (La huella)", esboza los retratos de mujeres que impregnaron e impregnan su imaginario, y que desfilan ante el espejo que la autora les ofrece con ternura y complicidad no exenta de ironía (esa capacidad de la autora, marca de la casa, para dar un vuelco inesperado al poema a través de su último verso, por ejemplo).

La segunda parte, "Tiempo muerto. (La captura)", constituye el epicentro moral del poemario, su núcleo oscuro, denso de pasado, donde relata sin pudor un viaje biográfico hacia los tiempos muertos y las pasiones difuntas.
Conviven en estos poemas el desgarro y la zarpa, la garra y la azucena, el adiós al pasado y la amarga y serena aceptación de que, sin su concurso, jamás habríamos logrado ser lo que hoy somos.

Finalmente, en la tercera y última, "Mujeres al cabo. (La escapada)", entra de lleno el soplo vivificador y elegíaco del viento, el mar, el sol y los sentidos, a través de ocho estampas de alto vuelo, adjetivo preciso y ritmo certero, y donde los colores del paisaje se funden con la piel de las ocho mujeres, ocho amigas, que han decidido decir para siempre adiós al mañana.

"El ayer cristaliza en nuestras manos, / somos piedras de cuarzo veteado, / hoy no somos ayer mas lo guardamos / adentro de la luz limpia del día / que nos propicia un rayo de futuro".

Safo y su lira, y la voz poética de Mónica Doña que decreta, tras su paso por el Purgatorio y el Infierno, el estado de plenitud, el estado de gracia.






Mónica Doña, "¿Quién teme a Thelma & Louise?".
Ed. Renacimiento, Sevilla, 2016.


sábado, 4 de noviembre de 2017

CUADERNO DE ESTAMPAS: "MUJER FUMANDO EN LA VENTANA"

I. ELLA

Nápoles, el barrio del Guinardó y el de Horta, en Barcelona, constituyen los escenarios de referencia de ese inapelable e inabarcable amor que experimentaron en los últimos meses.
Antes de partir hacia Nápoles, la imaginaban bajo la luz alegre del sol meridional y revestida de colores frescos y jugosos. Cuánto se equivocaban!
Quizá la comparaban a las imágenes de la Venecia quintaesenciada que acompañan la canción de Andrea Falconieri en el Youtube, aquella dulce melodía que los anestesiaba como un opio amable y los hacía pensar que todo era aún posible.
Pero no pudo ser.
Ahora la ventana sobre la que ella fuma no da sobre Venecia, ni sobre el Nápoles risueño y virreinal, sino sobre un callejón que nutre con su tráfico una arteria ensordecedora, desasosegante y caótica.
En bragas y camiseta, mira hacia un improbable horizonte, como buscando una nueva y clara perspectiva de las cosas.
Tiene el pelo recogido; la mano que sostiene el cigarrillo deja ir volutas, espirales de humo que duran un instante bajo el soplo de la tarde. La otra mano descansa en sus rodillas, como conteniendo el casi imperceptible agitarse de su respiración.
Sus gafas de lectura descansan sobre el alféizar. Sus pies levemente crispados pueden dar a entender que algo en todo su ser está buscando una respuesta, el necesario y definitivo motivo de una huida.
Ha llovido durante todo el día, pero ahora ha dejado de hacerlo, y el calor en el cuarto resulta a ratos asfixiante.
Flota en el aire el acre aroma que desprenden las almas cuando tratan de despedirse, y buscan las palabras y el modo adecuado para lograrlo.
Son las seis.

A contraluz, la ventana sirve de marco a su quieta, inalcanzable imagen.


II. ÉL

Envueltos en la penumbra del cuarto, observando mejor, es posible ver unos pies que descansan sobre la cama, y a buen seguro corresponden a la persona que capturó la imagen de la mujer recortada contra la luz de la ventana.
Angulosos, se cruzan uno sobre el otro, como los de quien se halla asimismo en una encrucijada y se ha parado un momento a dejarse ser y a descansar.
Apenas nada podemos saber del propietario de los mismos a partir de su imagen.
Lo único cierto es que descansan, cómodamente en apariencia, sobre la cama doble de un hotel, mientras la mujer que incuestionablemente la comparte ha decidido buscarse a ella misma y fumar un cigarrillo en la ventana.
Sí podemos pensar que pertenecen a alguien dotado de cierta intuición estética: ha considerado oportuno fijar el cuerpo de esa mujer que fuma pensativamente en la ventana y ataviada de un modo tan esquemático.
Hay ya cierta distancia en la mirada hacia ese cuerpo con el que comparte las horas en una habitación a centenares de kilómetros de casa.
Una distancia atenta, respetuosa y vagamente dolorosa. En lugar de dormir, está despierto; en lugar de abrazar ese cuerpo, se mantiene distante. En lugar de poner ambos pies en el suelo para huir, los ha cruzado como alguien que contempla las nubes pasajeras en el cielo o las olas cambiantes en el mar.

En la distancia que media entre su mirada y el cuerpo de la mujer que busca en la tarde de Nápoles su propio reflejo, flota también la presencia de un tiempo que se ha roto, la melodía aniquilada de un sueño, el temblor amargo y lúcido de una despedida.


"Mujer fumando en la ventana", acuarela de Rita Rodríguez.



lunes, 26 de junio de 2017

A BENEFICIO DE INVENTARIO: "SI MAL NO RECUERDO", DE MIGUEL ÁNGEL BARRERA MATURANA

Afantasmado, convaleciente aún, releo en el parque "Si mal no recuerdo", del granadino Miguel Ángel Barrera Maturana.
Juegan los niños en círculo, cogidos de la mano, como en los viejos estribillos populares, lucen las adelfas, a través de los mirtos y los cipreses, sus mejores rosas, y van y vienen las palomas del corazón a sus asuntos, como suelen hacer.
Uno de esos momentos en los que uno busca amparo en el abrazo humano, en el contacto de una voz poética y amiga: el bronce de la estatua, la poesía mayúscula nos hundiría con su peso de siglos, agravaría las llagas, las heridas que nos dejó el Amor.

Como afirma Ramón Repiso en su prólogo al libro, también a mí me llamó poderosamente la atención el título, "Si mal no recuerdo", del poemario.
Certeramente lo contrapone Repiso a su orgulloso equivalente "me acuerdo perfectamente", sentencia inapelable que suele convertir la experiencia, los recuerdos, en reos que claman su inocencia.
En cambio, en ese condicional, en ese "Si mal no recuerdo", creí entrever enseguida que se encerraba una doble lectura, fértil para la creación y la lectura poética: no recordar el mal infligido o sufrido como condición de posibilidad para que, desde el perdón, el reconocimiento, la aceptación, la flora lírica abra sus corolas de luz perecedera.

Tres partes principales, amén de un proemio y un epílogo, componen el poemario.

Es la primera "Pan duro": mendrugos que el tiempo, al irse, dejó precipitados sobre el mármol azul de la memoria, animalillos, camafeos conservados en el ámbar del tiempo abatido, collar de cuentas que arrojan luz cuando la ternura, como un milagro, las sostiene en las manos.

"Me acojo a ti, único y falso dios,
tiempo mío que come de otro tiempo".

En este caso, no será la cálida infusión proustiana quien reblandezca el duro pan que amasa el corazón; será la lluvia

"como pan, como sal,
y mi mano agradece su limosna de olvido"

quien lo haga.

En "Mar adentro", la segunda de sus partes, ese niño ensimismado ante los atlas y los mapas, el que viendo a sus padres descansar en el letargo del verano barruntaba la sombra que vendría luego, pone la proa hacia el mar "sarmentoso" (el adjetivo es de Biedma).
El amor compartido, la bohemia amurallada del Albaicín, el plan contable que supone hacerse adulto, donde cada nube, cada dolor, cada día, cada esperanza, son anotadas, caen lentas, pesadas sobre el corazón como vieja balanza.
Poemas dedicados a su compañera de viaje, a sus hijos, a los dos ríos de Granada ("uno llanto y otro sangre"), poemas de una vida que va en serio, de un hombre que, machadianamente, trata de vivir en paz con el mundo y en guerra con sus entrañas.

"No temo al infinito,
porque cuento hasta uno (...)
No le temo a la muerte,
ella cuenta por mí".


Finalmente, en el tercer acto del poemario, titulado "Tierra adentro", Barrera Maturana saca a relucir lo que denominaría su militancia tierna; allí donde en los dos anteriores capítulos su yo poético mostraba sin tapujos las entretelas, carencias, ausencias, ternuras y miedos, se alza la voz comprometida, la del hombre de la calle que habita un tiempo y un lugar y lo comparte junto a otros, la que pasa revista a las injusticias que pasan ante los ojos de su conciencia, la de quien pasea a un culpable atado a los grilletes de las contradicciones, entre las cuales escribir poesía, por la profundidad de su alcance, quizá no sea la menor.

"poner la llave a salvo de ladrones,
salvar la dignidad en cada espejo". 

Recuerdo, en el transcurso de mi última visita a Granada, estar echando un cigarrillo junto a Miguel Ángel y otros frente a la Chancillería, noche cerrada ya.
Comentábamos el mucho dolor que aquella imponente sillería que evoca en el epílogo del libro

"qué injusto que las piedras,
que no saben de nada ni de nadie,
                         a ti y a mí nos sobrevivan"


atesoraba, habiendo sido sede de la Inquisición, cárcel, escenario de torturas.

Un fantasma de frío y de silencio cruzó la calle a nuestra espalda, quizá sabiendo que el único refugio donde hallar un calor cierto sea en poemarios como "Si mal no recuerdo", trabados verso a verso, susurrados en voz baja por el poeta en su taller, a beneficio de inventario.




"Si mal no recuerdo", Miguel Ángel Barrera Maturana.
Fundación Huerta de San Antonio, Úbeda, Jaén, 2017.



jueves, 5 de enero de 2017

EXISTEN CALLES

Ciudades góticas, románicas, claras, laberínticas. Iluminadas, aéreas, de Dios o del Demonio, de la nada y la vida y el tiempo.
Arquitectónicas, desforestadas, inservibles, varadas. Estrepitosas o pausadas, alegres, ensimismadas, cautelosas, meridionales, nórdicas, arenosas, lechosas, húmedas, secas.
Macizas, ontológicas, inconsistentes, leves, irisadas, jabonosas, ciegas. Estalladas, dormidas, recurrentes, perversas. Venenosas, benéficas, monstruosas, pequeñas, breves, ilimitadas, obedientes, sumisas, despojadas.
Calientes, verdaderas, imaginarias, fieras, bondadosas, hurañas. Destruidas o enteras, católicas o ateas, atenazadas o danzantes, futuras o mordidas, agazapadas o francas, elementales o complejas.
Subterráneas, lluviosas, incandescentes, verdes.

Son las ciudades. Allí pasamos nuestro tiempo. Tratando de transmitir el fuego. Antes de que el ladrido de los perros nos diga que no vale la pena protestar, porque la vida, el tren eran un sueño.


EXISTEN CALLES
    Existen calles
que bajan hacia el centro,
y se llenan, de noche,
con luces programadas.
    Naufragan en la bruma
las casas, emergen
un instante sus fachadas,
como los mástiles
de un barco a la deriva,
de un galeón fantasma.
    De noche, la ciudad
es un viejo teatro, un quieto
museo, una estación de paso
donde se representa un drama
cuyo autor es el tiempo,

y donde únicamente el corazón paga su entrada, no los turistas.


John Atkinson Grimshaw, "Liverpool from Wapping".




miércoles, 28 de diciembre de 2016

DE LA ELEGANCIA DE LOS CROONERS

Si hay algo que debo a mi padre, es su querencia por lo crooners.
Los viernes por la noche, metía a la familia en su automóvil y nos conducía allá donde el desarrollismo y la muerte del longevo dictador habían posibilitado una segunda residencia a los huérfanos de la Guerra Civil.
Mi padre se había casado con una catalana, y le cogieron los veinte mientras los Beatles interpeleban al mundo con su "Twist&Shout".
En las noches de agosto, mientras remontábamos la autopista y mi madre y mi hermana dormían en los asientos de atrás, mi padre se deleitaba con las canciones de Sinatra, Nat King Cole, Humperdinck, Dean Martin, Elvis.
Había sigo amigo de los Mustang y los Sirex (aún me explicaba alguna anécdota, como cuando le cambió a Santi de los Mustang un mechero Zipppo por unos vaqueros blancos), y me explicaba cómo los chavales que trabajaban en Sants en talleres y en fábricas se maqueaban los fines de semana para asistir a las soirées de la San Carlos, en Gracia.
Yo a su lado asistía a ese despliegue de elegancia musical.
Perder una guerra una vez no sginificaba estar perdiéndola siempre, cuando Lennon&McCartney habían decidido cambiar las reglas de juego, y comenzar la partida otra vez.
En uno de los poemas de "Suburbio y Lejanía" traté de reflejar aquellas noches, devorando autopista, en las que el mundo por delante se ofrecía como un lugar en el que indefectiblemente seríamos felices, o al menos sabríamos aceptar la derrota, perder con elegancia.
En el poema hablo de un viaje por la autopista en uno de aquellos viernes legendarios; hablo de óbolos al pasar el peaje porque en aquella época era así, arrojando monedas en un cesto, como se franqueaba su frontera.
Hablo, al fin, de una rumorosa y constelada intimidad, porque al acercarnos a nuestro final de viaje, uno tenía la sensación de que las aceras grises, las calles yertas donde habitualmente desarrollábamos nuestra existencia quedaban atrás, y se abría la magnificencia del mundo natural sin concesiones.


EL VERANO Y LA FLECHA
Plateadamente atravesaban la noche,
devorando autopista, kilómetros
que transcurrían como frío y suave
terciopelo. Les saludaban las señales
de tráfico, las áreas de servicio,
los carteles azules parecían
decir: "Buenas noches, familia,
y buen viaje". Las luces parpadeaban
en el salpicadero, y el padre,
con sus seguras manos, los guiaba,
el niño atento al soliloquio
del viento con una luna que,
velada por las nubes, los perseguía
como la bruja de los cuentos. En torpe
castellano arrastraba sus boleros
Nat King Cole, se desgañitaban
fanáticos los Beatles, "Twist&Shout".
Sorteaban peajes; arrrojaban óbolos
en el cesto. Para llegar adentro,
rodeaban el muro circular, ahora
sí escapados de la odiada ciudad,
clavándose más tarde en una constelada,
rumurosa y dilatada intimidad.

"Suburbio y Lejanía", ed. Oblicuas, 2012

domingo, 4 de diciembre de 2016

LAS ISLAS INVITADAS: A PROPÓSITO DE "UNO MÁS OCHO", ANTOLOGÍA DE RELATOS, RESERVOIR BOOKS

Acaba de aparecer la antología de relatos acerca de la edad de tránsito que suponen los dieciocho años titulada "Uno más ocho", de Reservoir Books.
Una selección de narradores, inéditos algunos, poco publicados y conocidos otros, realizan un ejercicio de escritura tomando ese dato cronológico, esa fecha liminar del calendario personal de cada uno para expresar diferentes situaciones en las que ellos como autores o los personajes tomados como vehículo de las mismas, vivieron, afrontaron o temieron.
La de los dieciocho años constituye una frontera simbólica, una raya virtual en nuestro mapa personal, pero más basada en los códigos civiles y en el Derecho que en el rumor genético de fondo, mucho más lento, mucho más profundo y orgánico, del crecimiento.
A diferencia de la cuarentena, edad en la que los autores, año más o menos, andan instalados, la de los dieciocho es una marca artificial, una impostura; pero como la buena literatura se nutre de imposturas para tratar de reflejar verdades o acercarse a través del artificio al núcleo de vivencias que nos constituye, pedir a narradores que con absoluta libertad de tono y estilo recreen aquellos años depara agradables y reveladoras sorpresas.

Así pues, nueve autores, como en el cuadro de Watteau o el poema de Baudelaire (alguien debería estudiar alguna vez la vinculación pedagógica entre Baudelaire y la enseñanza secundaria: aquello que los maestros, trataban de imponer o persuadir durante el día, de noche Baudelaire, compañero de cuarto de tantos y tantos, trataba de destejerlo, misteriosa Penélope), se embarcan no rumbo a Citerea, la isla del amor, sino rumbo a la adolescencia, donde el deseo, la duda, la valentía, la apatía, la crueldad, la pureza y la resignación tejían la inmensa bóveda de su follaje, sus gigantescas flores, sus blancas y ensordecedoras cataratas.

Quien más quien menos somos supervivientes de nuestra propia adolescencia; cada frontera que, contraviniendo las voces de la Norma y la Familia, traspasamos constituye un triunfo, a pesar del dolor que nos causa, a menudo, recordarlas.

En cada uno de estos relatos uno es capaz de verse reflejado: en ocasiones de cuerpo entero, en otras un fugaz vislumbre de alguna parte de nosotros que nadie conoce o el recuerdo de alguien conocido en esos años, que nos mira sin decir palabra y regresa a su lugar entre las sombras, dejándonos con la sensación de que ha querido decirnos algo y que quizá lo ha hecho.

Nueve autores, nueve islas, nueve trayectorias, nueve vidas:

Isabel Verdú (Logroño, 1976), nos brinda una crónica sobre el cansancio, el insomnio y la maternidad; el oleaje en blanco y negro del recuerdo se alterna con los colores del mar de ahora, las alegrías y las decepciones que conlleva ser responsable de vidas que dependen de nosotros.

Lolita Copacabana (Buenos Aires, 1980). Su personaje, una especie de Françoise Sagan bonaerense, dialoga con un personaje nacido de su imaginación, cuya apostura, inteligencia y buenas maneras la compensan de las tribulaciones de pobre niña rica zarandeada por gurús y terapias.

En el relato de Fede Durán (Cádiz, 1977), el pringadete vástago de una familia judía descubre de repente que está dotado del asombroso poder de transformar en realidad lo que dibuja. Convertido, ya adolescente, en el blanco cisne de Lohengrin, usará su poder para conservar el amor de su vida, perpetuar su linaje y renunciar a su magia, pero...

Las dos protagonistas del relato de Ana Llurba (Córdoba, Argentina, 1980), viven una adolescencia gótica, se pintan las uñas de negro, beben tinto a morro, gozan con Novalis y se oponen a todo lo que huela a patriarcado, a feminidad culturalmente impuesta. El relato, circular, se cierra en el momento en que una de ellas estaba a punto de traicionar su juramento, su hermandad, su pacto; el motivo, los murciélagos con cara de niño que, como en el poema de Eliot, revolotean, gimen bajo la luz crepuscular.

En el caso de Franco Chiaravalloti (Buenos Aires, 1979), destacaría el oficio que supone sostener un buen relato sobre un personaje que escapa a los oropeles histriónicos asociados con la adolescencia: una chica apocada de Zaragoza decide dejar atrás a la madre bizca y agorera y con un par se planta en Londres, el crudo Londres de los trabajos precarios en la hostelería, prometiéndose a sí misma que, pese a todo, saldrá adelante. El curso de los días y las experiencias harán emerger en ella una infantil y profunda libertad, la que a menudo nace cuando nos atrevemos a perder lo que en realidad no amamos.

Para la adolescente de Pía Sommer (Chile, 1981), la inminente efeméride de los dieciocho supone una mudanza, una cuenta atrás, un traslado, la decisión de ir a buscar en otra parte lo que en la ciudad natal era un conjunto de pósters, ideales clausurados en un cuarto. Se embarca rumbo a lo desconocido dispuesta a descubrir lo que hay de humano y de real detrás de la retórica del Arte y la Política.

Con Bea Barco descubrimos o recordamos algo todos sabemos o intuimos, y que la rutina y el vértigo tecnificado nos hacen a menudo olvidar: el poder de la imaginación, la ternura y la literatura para aproximarse y reparar heridas íntimas y familiares que escapan a las rigideces del devenir racional, y sin embargo, en el fondo de lo que somos, nos constituyen y nos hablan. El novio de la abuela de la protagonista, traicionado en la guerra civil por su mejor amigo, reaparece en las cunetas de la memoria para explicarle y compartir con ella la verdad...

Hay autores de la tradición occidental que ejercen una suerte de tiranía de estatua, que proyectan una pesada sombra, un irresistible magnetismo sobre la obra de los autores posteriores. Si a lo brillante de los textos unimos una peripecia vital inusual o que no se acomoda a los estándares literarios de agasajo, pantuflas y poltronas, esta fascinación se multiplica exponencialmente.
Si alguien encaja en la sucinta descripción anterior es Rimbaud (otro podría ser Lorca).

Pues bien, Jorge Benítez (Vilafranca del Penedès, 1977), nos propone, con el pulso firme de la crónica y la frialdad del informe policial, que acompañemos a su protagonista en su particular viaje al corazón de las tinieblas de la literatura occidental, allí donde Rimbaud-Kurtz ejerce desde hace un siglo y medio su influjo sobre la abigarrada fauna de académicos y poetas en ciernes.
Resulta que, en contra de lo que dicen las biografías autorizadas, Rimbaud no sólo tuvo descendencia, sino que trató de retomar el hilo incandescente de su escritura, de lo cual queda constancia en forma de manuscrito, la continuación de las Iluminaciones. 
Ahora habrá que decidir qué hacer con el manuscrito, ¿publicarlo, destruirlo?, donde Rimbaud muestra que su numen poético hacía años, décadas que lo había abandonado...

En Carlos Robles Lucena (Terrassa, 1977) la lucha, el ajuste de cuentas con el pasado toma forma de carta, con la particularidad de que es una carta dirigida al fantasma de un compañero carismático de adolescencia e iniciaciones con el que el protagonista, como en las novelas bizantinas, es llevado a encontrarse en la empedrada, filarmónica y torturada Praga, con la mujer que amaron ambos como médium o excusa de sus apariciones.
A menudo la prosa lírica, la descripción brillante, más que los números, es la mejor forma de cuadrar caja, de zanjar los huecos entre el Debe y el Haber...

¿Qué les parece? ¿Entretenido, no? Todos y cada uno de estos relatos, desde los diferentes tonos y registros que proponen, les harán recordar situaciones, personas, escenarios en que "todos, para nuestro castigo fuimos adolescentes".

Por eso es útil, de vez en cuando, subir a un barco y visitar aquella isla en la que no sabemos si nos querriamos quedar.



"Uno más ocho", VV.AA. Reservoir Books (Penguin Random House), noviembre 2016.













lunes, 21 de noviembre de 2016

PASEO POR MONTMARTRE

Esta misma mañana, caminando bajo la lluvia glacial de Montmartre, perdido entre sus silenciosos callejones, he tenido que parar un momento porque he notado sobre mis hombros la nítida presencia de una mano, en mis oídos un murmullo casi haciéndose voz; "no es nada, sólo el ruido de la lluvia en el paraguas, sobre el asfalto, y nada más", me he dicho, para tranquilizarme, a la manera de Poe.
Una muchacha rubia, vestida con delantal y camisa blanca, fumaba un cigarrillo sentada en el bordillo de la acera de lo que fuera "Le Moulin de la Galette". Me he asomado a la verja de la entrada, sorprendido de que en un espacio aparentemente tan pequeño pudieran como flotar tantos hombes y mujeres sonriendo, bailando bajo la tamizada pincelada del lienzo de Renoir.
He recordado de pronto que Rusiñol, Casas, Utrillo y compañía tuvieron estudio por estas calles que en esos años, finales del XIX, de noche serían negras y amarillas como el ojo de un gato...
No; ahora no hay gatos de pupila luminosa e insondable, sino parques que la lluvia amable contribuye a mantener siempre verdes, deshabitados...
Bajando las icónicas y empinadas escaleras iba pensando en lo que explicaban en mi ciudad natal sobre los hijos y padres de buena familia que en lugar de enrolarse en un barco para hacer las américas, a menudo embarrancaban entre los aguzados acantilados de Montmartre persiguiendo las carnosas pantorrillas de una corista de cabaret o las inalcanzables nalgas de la Gloria Artística, así, con mayúsculas, dilapidando herencias, patrimonios y fortunas.
Todas y cada una de esas vidas que, salvo excepciones, se acabó tragando la ciudad con su gigantesca boca de luces como dientes, sus encías de barro, su musgo pútrido, sus cielos rosa...

De regreso a la ciudad, cruzo por el paso elevado bajo el cual parecen como agitar una mano de piedra las lápidas del cementerio de Montmartre.

Compro un paquete de cigarrillos en un colmado, y sigo andando mientras resuena en mis oídos la amarga carcajada de Verlaine: "La gloire! la gloire! Merde, merde encore!".


Santiago Rusiñol, "Casa de Montmartre".